Opinión

A merced y bajo protección de pandillas

Por Petra Saviñón

El día siguiente a la matazón que ejecutó la Policía en La Ciénaga de la capital,  esa que barrió con la pandilla Los Menores, los moradores del carenciado sector prendían velas y lamentaban esas muertes pero…

 …una banda rival (de las mismas que celebraban esas muertes)  las apagó y mandó a todos a encerrar, so pena de  plomo y la gente obedeció.  Entonces vino el clamor de los que sienten que con la ausencia de los chicos eliminados estarán a merced de otros grupos.

La gente sabe que  esos muchachos que llegan de otros barrios a perturbar no les cuidarán y que al contrario, ahora sentirán que el terreno es solo suyo y de forma paradójica esos ciudadanos extrañan la protección comprada que les ofrecían los exterminados.

Es cuestión común en ese mundo abandonado por las autoridades acostumbrarse y hasta añorar un amparo condicionado a la paga, al silencio o  esa fraternidad generada entre vecinos que lleva al malo a defender al bueno, si es de los suyos.

Aún así, esta situación paradójica está cargada de realismo mágico. Ese fenómeno  que viven los seres marginados arroja una verdad que llenaría grandes tratados sociológicos y sicológicos en los que la conducta humana y sus extraños ribetes serían protagonistas.

A esa realidad de chicos sumergidos en un  orifico de pavor y desesperanza, formados en una delincuencia que les enseña a cuidar y a quitar vidas, a esa cadena de miserias las autoridades responden con borrarlos en cuestionados intercambios de disparos.

Esa es su gran solución, puesta en manos de un cuerpo de orden carente de cualquier estrategia distinta y que no entiende que por cada delincuente muerto de esa forma la falta de alternativas pare ¿Cuántos?

No incluyo aquí, claro, las víctimas inocentes, desprotegidas, muertas a mansalva por agentes  después de agujerearles por todos lados.

Eldiariodelpais

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